lunes, 21 de abril de 2008

Me pareció ver un lindo gatito...


O "Cuando los deseos se cumplen, a veces es peor". Siempre he querido tener un gatito, desde mi más tierna infancia. Es más, yo nunca tuve amigo imaginario, sino gatito imaginario. Cerraba los ojos y acariciaba a mi inexistente mascota, le daba de comer, jugaba con él... Ay, ¿cuándo tendré un gatito? Solía pensar... Automáticamente me contestaba a mi misma con una seguridad absoluta: "Cuando sea mayor y tenga mi casa para mi lo primero que haga será tener un gatito"


Bien. Me hice mayor (bueno, menos joven) y me independicé. Y fui a convivir con alguien que no compartía mi deseo de infancia: "Ni hablar de gatos. Sueltan muchísimo pelo. Además igual les tengo alergia. Lo arañan todo. Mean por todas partes. Son ariscos y desagradecidos" Como yo soy de piñón fijo (mi madre me llama "Maripi -ñón fijo) insistí hasta el hastío a mi compañero, hasta que por fin, oh, milagro, llegó el día... Y apareció con una bolita peluda blanca entre sus manos... "Toma, es para ti, tu regalo de cumpleaños" Yo no podía articular palabra de la emoción... Asi estuve dos días. Era pura felicidad, ¿qué me quedaba por lograr en la vida? Protagonizar Dirty Dancing 3 y poco más...


Pero oh, misera de mí, el destino me tenia guardado algo que no esperaba... Mi gata, mi blanca gata de pelo semi-largo impecable y suave esconde al diablo en sus entrañas... Sí, como lo leéis. Me odia. Y yo a ella claro. Bueno es más bien una historia de amor-odio. Me espera agazapada detrás de las puertas para lanzarse al ataque, arañarme los pies y salir corriendo. Con mis manos pasa lo mismo, no sé si las confunde con ratones o qué, pero aprovecha la mínima para clavar sus afilados dientes y uñas en ellas. Claro, ni pensar en acariciarla. La muy puñetera sube a mi regazo, se acurruca comodamente (dándome la espalda casi siempre) y se echa unas siestas de mil pares. Momento que aprovecho para intentar acariciarla, sabiendo que me juego la vida, o por lo menos, un par de dedos. "Vaya, parece que se deja..." Ya. Consigo acariciar su blanco lomo unas cuantas veces, entonces gira la cabeza y me mira amenazante (os juro que da miedo), como diciendo: "como sigas te mato. miau" Si no retiro la mano a tiempo, que suele ser cuestión de milisegundos, añado a mi colección de cicatrices un par de mordiscos. Y la tia sigue a lo suyo. Yo estoy muy confundida porque me digo que si me odiara no vendría a dormir conmigo. Por la noche es más de lo mismo, duerme a mis pies, pero he de tener muchísimo cuidado, pues mi peluda "amiga" interpreta cualquier gesto mío como una declaración de guerra. Y claro, despertarme sobresaltada con un minitigre clavando sus uñas en mi brazo no entraba en mis planes infantiles... Ay, qué frustrante es. Y no os he contado lo peor. Dicen que los gatos eligen a su amo, después de lo que habéis leído no pensaréis ni por un momento que me ha elegido a mí, ¿no? En efecto. Ha elegido a quien no quería saber nada de gatos. Hay que joderse. A él le deja que la toque, es más, salta como una maldita perra en celo buscando mimos y caricias. ¡No le muerde, no le araña! Pero ¿por qué? He debido de ser muy mala en otra vida, si no no me lo explico.

Por lo menos puedo mirarla.


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